“Primeros en el ranking”: algunos indicios de la alienación métrica

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En el año 2003 un grupo investigadores de bibliometría (del Center for World-Class Universities, CWCU) de una universidad (Shanghai Jiao Tong University) de un país asiático (China), crearon un sistema de medición conocido como el Ranking de Shanghai, aunque su verdadero nombre es el Academic Ranking of World Universities (ARWU). Este ranking mide la clasificación de las universidades de todo el mundo y se basa en la ponderación de los siguientes indicadores: alumnos y personal universitario que haya ganado un Premio Nobel (25%), investigadores más citados (25%), volumen total de artículos publicados en el Science Citation Index (SCI) (25%) y porcentaje de artículos publicados en el primer cuartil del SCI (25%).

Los primeros en este Ranking son, como se sabe, los Estados Unidos, que tiene 16 universidades entre las primeras 20, y 77 entre las primeras 200. España solo tiene una entre las primeras 200, lo que suscita un lamento colectivo en algunos políticos, académicos y líderes de opinión, especialmente cada vez que se publica un informe anual. Desde luego los datos de Estados Unidos son demoledores y evidencian una investigación de excelencia, pero ¿cuál es el sentido último de ser los primeros? ¿Para qué encabezar el ranking?

Por obvia que parezca esta pregunta, es necesaria hacerla, porque este ranking, que se ha convertido en una obsesión casi global para los ministros de educación y rectores universitarios, solo mide la investigación universitaria, no la docencia, que también es una de las misiones centrales de la universidad española.

Los efectos perversos que generan la extensión y aceptación global de estos sistemas de medición empiezan a ser tangibles. Si los investigadores debemos realizar un número determinado de publicaciones y alcanzar ciertos índices de citación e impacto en el SCI para obtener sexenios y otras formas de compensación material o simbólica, y en definitiva, para aumentar las puntuaciones de nuestras universidades en el ARWU, es muy probable que el fin último de miles investigadores sea publicar y ser citados, mientras, de forma simultánea, el medio para conseguirlo será la realización de proyectos de investigación científica. Si esto llegase a ser cierto, estaríamos alienados respecto al producto de nuestro trabajo. Es más, es posible que lo estemos ante una forma de alienación mayor: el sistema de medida. La fuente de enajenación no sería, en sí mismo, el producto científico, sino el propio método de cálculo. Las nuevas formas de alienación en la sociedad del conocimiento tienen que ver con los sistemas de medida de la excelencia, la calidad y la productividad.

Lo que estamos apreciando es una separación creciente entre los sistemas de medición, los objetos medibles y el sentido último de esta relación. Veamos un ejemplo extravagante.

Hay miles de personas e instituciones que quieren ser los primeros de un ranking mundial. Unas 60.000 personas e instituciones al año presentan solicitudes para figurar, por ejemplo, en los Record Guinness. El listado de actividades humanas para ser los primeros en este sistema de medición puede ir desde el hombre con más piercings del mundo (el alemán Rolf Buchholz, que cuenta con 453) hasta el que más hamburguesas ha comido en su vida (el estadounidense Donald Gorske ha comido 26000 hamburguesas Big Mac a lo largo de su vida). La trascendencia histórica y el legado para la humanidad que puedan generar las hazañas de Bucholz y Gorske son exiguas, pero muy probablemente sus proezas, que les ha convertido en los primeros de un sistema de clasificación determinado, se han convertido en un fin en sí mismas, ahí reside su grandeza ¿y el medio? cualquier actividad humana por estúpida que sea.

Tengo la impresión de que los sistemas de medición de la calidad, la excelencia o la productividad cada vez se parecen más a los Record Guinness. Donde tener el record cuenta más que la categoría o utilidad social de la actividad. No obstante, la existencia de los rankings nos permite clasificar y jerarquizar la realidad, teniendo la ilusión de un probable horizonte de progreso, riqueza o felicidad. El efecto perverso de la estandarización de los sistemas de medición es que terminamos sustituyendo los objetivos por los indicadores y el impacto social por las puntuaciones. Nos encontramos, por tanto, ante algo que podríamos llamar alienación métrica, como un proceso de ruptura entre medios y fines, de separación, autonomía y coacción del producto y la métrica, sobre el proceso y su productor. La creación un método de cálculo determinado que asume un sentido propio al margen de un conjunto de principios, objetivos y aspiraciones colectivas, se convierte en un sistema autoreferencial y, en consecuencia, absurdo.

De este modo, la bibliometría de los investigadores de Shanghai, dota de un nuevo sentido a los propios artículos científicos como objetos medibles, trasladando, de forma ilusoria, la permanente promesa de ascenso y superación, anuncia los destellos de un futuro colmado de excelencia. Siguiendo a Bruno Latour, estaríamos construyendo “cuasi-objetos híbridos” que sacralizan los instrumentos de medición como formas técnicas de trascendencia. Llegar a ser los primeros en el ranking sería tocar la grandeza mítica de los dioses pero no necesariamente mejorar la vida de los mortales.

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